El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Y me arrastró, advirtiéndome que amortiguara el ruido de mis pasos, más allá del césped hasta el pálido tronco de un grueso abedul cuya lÃnea blanca se divisaba en las tinieblas. El abedul se levantaba justo frente a la ventana que nos interesaba y sus primeras ramas llegaban más o menos a la altura del primer piso del castillo. Desde lo alto de las ramas se podÃa ver con toda seguridad lo que pasaba en la habitación de la señorita Stangerson; y ése era también el pensamiento de Rouletabille, pues, habiéndome ordenado que me estuviera quieto, se abrazó al tronco con sus jóvenes brazos vigorosos y trepó. Pronto se perdió en las ramas y luego hubo un gran silencio.
Allá, enfrente de mÃ, la ventana entreabierta seguÃa iluminada. No vi pasar ante la luz ninguna sombra. El árbol, encima de mÃ, seguÃa silencioso; yo esperaba; de repente, mis oÃdos percibieron en el árbol estas palabras:
—¡Usted primero!…
—¡Usted primero, por favor!
Arriba, encima de mi cabeza, dialogaban… Se hacÃan muchas cortesÃas, y cuál no fue mi sorpresa cuando vi aparecer, en la columna lisa del árbol, dos formas humanas que tocaron pronto el suelo. Rouletabille habÃa subido solo, ¡y bajaba «dos»!
—¡Buenas tardes, señor Sainclair!