El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Ocho días después de los acontecimientos que acabo de referir, exactamente el 2 de noviembre, recibí en mi domicilio en París un telegrama redactado en estos términos:
Véngase al Glandier en el primer tren. Traiga revólveres. Saludos. Rouletabille.
Creo haberles dicho ya que en aquella época yo, joven pasante de abogado y casi desprovisto de causas, frecuentaba el Palacio de Justicia, más para familiarizarme con mis deberes profesionales que para defender al huérfano y a la viuda. Así pues, no tenía por qué extrañarme de que Rouletabille dispusiera así de mi tiempo; y, por lo demás, él sabía cuánto me interesaban en general sus aventuras periodísticas y sobre todo el caso del Glandier. Desde hacía ocho días no había tenido noticias de él más que por los innumerables chismorreos de los periódicos y por algunas notas muy breves de Rouletabille en L’Epoque. Esas notas divulgaron el golpe del «hueso de cordero» y por ellas supimos que el análisis había confirmado que las marcas dejadas en el hueso de cordero eran de «sangre humana». Se veían en él las huellas recientes «de la sangre de la señorita Stangerson»; las huellas antiguas provenían de otros crímenes, que podían remontarse a varios años…
