El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —¿Sigue Frédéric Larsan en el castillo?
—Sí; apenas se ha alejado de él. Duerme en él como yo, a petición del señor Stangerson. El señor Stangerson ha hecho por él lo que Robert Darzac hizo por mí. Acusado por Frédéric Larsan de conocer al asesino, el señor Stangerson ha querido proporcionar a su acusador todos los medios para llegar al descubrimiento de la verdad. Robert Darzac obra conmigo del mismo modo.
—¿Pero usted está persuadido de la inocencia de Robert Darzac?
—Por un instante creí en la posibilidad de su culpabilidad. Fue cuando llegamos aquí por primera vez. Ha llegado el momento de contarle lo que pasó aquí entre el señor Darzac y yo.
Aquí Rouletabille se interrumpió y me preguntó si había traído las armas. Le enseñé los dos revólveres. Los examinó, dijo: «¡Perfecto!», y me los devolvió.
—¿Vamos a necesitarlos? —le pregunté.
—Esta noche, sin duda; pasamos la noche aquí; ¿no le importa?
—Al contrario —dije con una mueca que desencadenó la risa de Rouletabille.
—¡Vamos! ¡Vamos! —prosiguió—. No es hora de reír. Hablemos seriamente. ¿Se acuerda de aquella frase que fue el «Ábrete, Sésamo» de este castillo lleno de misterio?