El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —Sí, y en la parte baja del papel, la llama había respetado una fecha: «23 de octubre». Acuérdese de esta fecha, que es muy importante. Voy a decirle ahora lo que hay detrás de esta frase incongruente. No sé si sabrá que la antevíspera del crimen, es decir, el 23, el señor y la señorita Stangerson fueron a una recepción en el Elíseo. Hasta asistieron a la cena, según creo. El caso es que se quedaron a la recepción, «puesto que yo los vi». Yo también estaba por deber profesional. Tenía que hacer una entrevista a uno de esos sabios de la Academia de Filadelfia, a quien homenajeaban aquella noche. Hasta aquel día yo nunca había visto al señor ni a la señorita Stangerson. Me senté en el salón que precede al salón de los Embajadores y, cansado de haber sido empujado por tantos y tan nobles personajes, estaba dejándome llevar por un vago ensueño, cuando sentí pasar el perfume de la dama de negro. Me preguntará usted: «¿Qué es eso del “perfume de la dama de negro”?» Basta con que sepa que es un perfume que he amado mucho, porque era el perfume de una dama, siempre vestida de negro, que me dispensó alguna bondad maternal en mi primera juventud. La dama que aquel día estaba discretamente impregnada del «perfume de la dama de negro» iba vestida de blanco. Era maravillosamente hermosa. No pude dejar de levantarme y seguirla a ella y a su perfume. Un hombre, un anciano, daba el brazo a aquella belleza. Todos se volvían a su paso y oí que susurraban: «Es el profesor Stangerson y su hija». Así supe a quién seguía. Encontraron al señor Robert Darzac, a quien yo conocía de vista. El profesor Stangerson, abordado por uno de los sabios americanos, Arthur William Ranee, se sentó en un sillón de la galería central y Robert Darzac arrastró a la señorita Stangerson hacia el invernadero. Yo no dejaba de seguirlos. Aquella noche hacía un tiempo muy dulce; las puertas que daban al jardín estaban abiertas. La señorita Stangerson se echó sobre los hombros un ligero chal y me di cuenta de que fue ella quien rogó al señor Darzac que entrara con ella en la casi soledad del jardín. Y yo los seguía aún, interesado por la agitación que se notaba entonces en el señor Robert Darzac. Ahora se deslizaban con pasos lentos a lo largo de la pared que bordea la avenida Marigny. Cogí por el paseo central. Andaba paralelamente a mis dos personajes. Luego «atajé» por el césped para cruzarlos. La noche estaba oscura, la hierba ahogaba mis pasos. Se detuvieron a la claridad vacilante de un farol e inclinados ambos sobre un papel que llevaba la señorita Stangerson parecían leer algo que les interesaba mucho. También yo me detuve. La sombra y el silencio me rodeaban. No me vieron y oí distintamente a la señorita Stangerson que repetía doblando el papel: «La rectoral no ha perdido nada de su encanto ni el jardín de su esplendor», y esas palabras fueron dichas con un tono a la vez tan burlón y desesperado, y fueron seguidas por una carcajada tan nerviosa, que creo que aquella frase se me quedará grabada para siempre. Pero aún fue pronunciada otra frase, esta vez por Robert Darzac: «¿Tendré que cometer un crimen para que usted sea mía?» El señor Robert Darzac, presa de una agitación extraordinaria, cogió la mano de la señorita Stangerson, la llevó durante largo tiempo a sus labios y por el movimiento de sus hombros pensé que lloraba. Luego se alejaron.