El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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«Cuando llegué a la galería central —prosiguió Rouletabi-lle—, ya no vi al señor Robert Darzac, al que sólo volvería a ver en el Glandier, después del crimen, pero vi a la señorita Stangerson, al señor Stangerson y a los delegados de Filadelfia. La señorita Stangerson estaba al lado de Arthur Ranee. Éste le hablaba con animación y los ojos del americano despedían durante la conversación un extraño brillo. Creo que la señorita Stangerson no prestaba siquiera atención a lo que le decía Arthur Ranee, y su rostro expresaba una total indiferencia. Arthur Ranee es un hombre sanguíneo, con la cara barrosa; debe de gustarle la ginebra; cuando se fueron el señor y la señorita Stangerson, se dirigió hacia el buffet y no lo dejó más. Me reuní con él y le hice algunos favores entre tanto barullo de gente. Me lo agradeció y me comunicó que se iba otra vez a América dentro de tres días, es decir el 26 (al día siguiente del crimen). Le hablé de Filadelfia; me dijo que llevaba veinticinco años viviendo en aquella ciudad y que allí conoció al ilustre profesor Stangerson y a su hija. En esto, se sirvió de nuevo champán y creí que no dejaría nunca de beber. Lo dejé cuando estuvo casi borracho.





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