El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo »De esta forma pasé la velada, querido amigo. No sé por qué especie de previsión, la doble imagen del señor Robert Darzac y de la señorita Stangerson no me abandonó en toda la noche, y dejo a su consideración el efecto que me produjo la noticia del atentado contra la señorita Stangerson. Cómo no recordar aquellas palabras: «¿Tendré que cometer un crimen para que usted sea mía?» Sin embargo, no fue esta frase la que dije a Robert Darzac cuando lo encontramos en el Glandier. Para que se nos abrieran de par en par las puertas del castillo bastó la frase que aludía a la rectoral y al jardín esplendoroso, y que la señorita Stangerson parecía haber leído del papel que llevaba en la mano. ¿Creía yo en aquel momento que Robert Darzac era el asesino? ¡No! No creo haberlo creído del todo. En aquel momento, yo no pensaba seriamente en «nada». Tenía tan poca información… «Pero necesitaba» que él me diera en seguida la prueba de que no estaba herido en la mano. Cuando estuvimos los dos solos, le conté lo que la casualidad me había hecho sorprender de su conversación con la señorita Stangerson en los jardines del Elíseo; y cuando le dije que había oído esas palabras: «¿Tendré que cometer un crimen para que usted sea mía?», se turbó bastante, pero mucho menos que con la frase de la «rectoral». Lo que lo sumió en una verdadera consternación fue saber por mi boca que, el mismo día en que se encontró con la señorita Stangerson en el Elíseo, ésta había ido por la tarde a la oficina de correos 40 a buscar una carta que podía ser la que leyeron juntos en los jardines del Elíseo y que acababa con estas palabras: «La rectoral no ha perdido nada de su encanto ni el jardín de su esplendor». Por lo demás, esta hipótesis se vio confirmada después por el trozo de la carta con fecha del 23 de octubre que descubrí, como usted recuerda, entre los carbones del laboratorio. La carta había sido escrita y retirada de la oficina el mismo día. Sin duda, aquella misma noche, a la vuelta del Elíseo, la señorita Stangerson quiso quemar ese papel comprometedor. El señor Robert Darzac negó en vano que esa carta tuviera una relación con el crimen. Le dije que en un caso tan misterioso él no tenía derecho a ocultar a la justicia el incidente de la carta y que yo estaba convencido de que la carta tenía una importancia considerable, que el tono desesperado de la señorita Stangerson al pronunciar la fatídica frase, las lágrimas de él, Robert Darzac, y la amenaza que profirió a consecuencia de la carta no me permitían dudarlo. Robert Darzac estaba cada vez más agitado. Decidí aprovechar mi ventaja.