El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —¡Eh! Quizá Frédéric Larsan tenga razón —exclamé interrumpiendo a Rouletabille—. ¿Está usted seguro de que el señor Darzac es inocente? Me parece que hay ahà demasiadas coincidencias enojosas.
—Las coincidencias —me respondió mi amigo— son las peores enemigas de la verdad.
—¿Qué piensa hoy de esto el juez de instrucción?
—El señor Marquet, el juez de instrucción, duda en descubrir a Robert Darzac sin ninguna prueba segura. No sólo tendrÃa en contra suya a toda la opinión pública, sin contar a la Sorbona, sino también al señor Stangerson y a la señorita Stangerson. Ella adora a Robert Darzac. Por poco que haya visto al asesino, muy difÃcilmente harÃan creer al público que no reconoció a Robert Darzac, si Robert Darzac hubiera sido el agresor. Sin duda, el «Cuarto Amarillo» estaba a oscuras, pero aun asà lo iluminaba una mariposa, no lo olvide. Asà estaban las cosas cuando, hace tres dÃas o, mejor dicho, tres noches, sobrevino ese acontecimiento inaudito del que le hablaba hace un rato.