El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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«Me lo encuentro vestido», con los ojos muy abiertos, casi espantados. No parece extrañado de verme; me dice que se ha levantado porque ha oído el grito del «Animalito de Dios» y ha oído pasos en el parque, pasos que se deslizaban delante de su ventana. Entonces ha mirado por la ventana y «ha visto pasar hace un rato un fantasma negro». Le pregunto si tiene un arma. No, ya no tiene armas desde que el juez de instrucción le quitó el revólver. Me lo llevo conmigo. Salimos del parque por una puertecita de atrás. Nos deslizamos a lo largo del castillo hasta el punto que está justo debajo de la habitación de la señorita Stangerson. Allí pego al tío Jacques a la pared, le prohíbo moverse, y yo, aprovechando una nube que tapa en ese momento la luna, avanzo frente a la ventana, pero fuera del cuadro de luz que sale de ella, «pues la ventana está abierta». ¿Por precaución? ¿Para poder salir más rápido por la ventana si alguien fuera a entrar por una puerta? ¡Oh! ¡Oh! El que salte por esta ventana tendrá muchas posibilidades de romperse la cabeza. ¿Quién me dice que el asesino no lleva una cuerda? Lo habrá previsto todo… ¡Ah! ¡Saber lo que pasa en esa habitación!… ¡Conocer el silencio de esa habitación!… Vuelvo hacia el tío Jacques y pronuncio una palabra a su oído: «Escalera». Al principio, he pensado en el árbol que me sirvió hace ocho días de observatorio, pero he comprobado en seguida que la ventana está entreabierta de tal forma que esta vez, subiéndome al árbol, no puedo ver nada de lo que pasa en la habitación… Además, no sólo quiero ver, sino poder oír y… actuar…


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