El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Si salto ahora mismo a la habitación, él huirá o por la antecámara o por la puerta de la derecha que da al gabinete. Por ahÃ, atravesando el salón, llega a la galerÃa y lo pierdo. Ahora bien, es mÃo; cinco minutos más y será más mÃo que si estuviera en una jaula… ¿Qué hace aquÃ, solitario, en la habitación de la señorita Stangerson? ¿Qué escribe? ¿A quién escribe?… Bajada. La escalera en el suelo. El tÃo Jacques me sigue. Volvemos al castillo. Mando al tÃo Jacques que despierte al señor Stangerson y que no le diga nada en concreto antes de mi llegada. Yo voy a ir a despertar a Frédéric Larsan. Gran disgusto para mÃ. Me hubiera gustado trabajar solo y llevarme todo el provecho del caso, en las narices de Larsan dormido. Pero el tÃo Jacques y el señor Stangerson son viejos y quizá yo no sea bastante desenvuelto. Quizá me faltarÃa fuerza… Larsan, sÃ, él está acostumbrado a derribar a un hombre, arrojarlo al suelo y levantarlo con las esposas en las muñecas. Larsan me abre, atontado, con los ojos hinchados de sueño, dispuesto a mandarme a paseo, no creyendo en absoluto en mis imaginaciones de pequeño reportero. Tengo que afirmarle que «el hombre está aquû.
—¡Qué raro! —dice—. ¡Yo creÃa haberlo dejado esta tarde en ParÃs!
Se viste rápidamente, se arma de un revólver. Nos deslizamos por la galerÃa.
Larsan me pregunta: