El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Heme aquà otra vez en la piedra del antepecho de la ventana —prosigue Rouletabille— y otra vez mi cabeza rebasa la piedra; ansioso por saber en qué actitud voy a encontrar al asesino, me dispongo a mirar por las cortinas, cuya disposición no ha cambiado. ¡Si me diera la espalda! Si siguiera a la mesa escribiendo… Pero quizá…, ¡quizá ya no esté allÃ!… ¿Y cómo habrÃa escapado?… ¿No tengo yo «su escalera»?… Recurro a toda mi sangre frÃa. Sigo asomando la cabeza. Miro: está ahÃ; vuelvo a ver su espalda monstruosa, deformada por las sombras proyectadas por la vela; únicamente, «él» ya no escribe y la vela ya no está en la mesa. La vela está en el parquet delante del hombre inclinado encima de ella. Extraña postura, pero que me viene bien. Recobro el aliento. Sigo subiendo. Estoy en los últimos pasos; mi mano izquierda agarra el antepecho de la ventana; en el momento de conseguirlo, siento latir mi corazón con golpes precipitados. Me pongo el revólver entre los dientes. Ahora mi mano derecha se sujeta al antepecho de la ventana. Un movimiento necesariamente un poco brusco, un esfuerzo para restablecer el equilibrio sobre las muñecas y estaré encima de la ventana… ¡Con tal que la escalera!… Eso es lo que sucede… Me veo en la necesidad de tomar un punto de apoyo un poco fuerte sobre la escalera y apenas mi pie la abandona cuando siento que bascula. Rasca la pared y cae… Pero ya mis rodillas tocan la piedra… Con una rapidez que creo sin igual, me pongo de pie en el antepecho… Pero más rápido que yo ha sido el asesino… Ha oÃdo la rascadura de la escalera en la pared y de golpe he visto la espalda monstruosa levantarse, al hombre incorporarse, darse la vuelta… He visto su cabeza… ¿He visto bien su cabeza?… La vela estaba en el parquet y sólo alumbraba bien sus piernas. A partir de la altura de la mesa no habÃa más que sombras y noche en la habitación… He visto una cabeza cabelluda, barbuda… Ojos de loco; una cara pálida enmarcada por dos anchas patillas; el color, en la medida en que yo podÃa distinguirlo en ese oscuro segundo…, era pelirrojo… o asà me pareció…, asà lo pensé… Yo no conocÃa aquella cara. En suma, ésa fue la sensación principal que recibà de aquella imagen entrevista en tinieblas vacilantes… Yo no conocÃa aquella cara, «¡o por lo menos no la reconocÃa!»