El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Conocí a Joseph Rouletabille cuando él era un pequeño reportero. En aquella época yo era un principiante en el tribunal y en muchas ocasiones me lo encontraba en los pasillos de los jueces de instrucción, cuando yo iba a pedir un «pase» para la cárcel de Mazas o de Saint-Lazare. Tenía, como suele decirse, «unos buenos mofletes». Su cabeza era redonda como una bola y quizá por ello, pensé yo, sus compañeros de la prensa le habían puesto ese mote, con el que acabaría quedándose y que él haría famoso. «¡Rouletabille!» «¿Has visto a Rouletabille?» «Ya está ahí ese “divino” Rouletabille». Estaba a menudo rojo como un tomate, unas veces más contento que unas castañuelas y otras más serio que un papa. ¿Cómo tan joven —cuando lo vi por primera vez tenía dieciséis años y medio— se ganaba ya la vida en la prensa? Eso hubieran podido preguntarse todos cuantos se le acercaban si no hubieran estado al tanto de sus comienzos. Cuando el caso de la mujer hecha trozos de la calle Oberkampf —otra historia también olvidada— él llevó al redactor jefe de L’Epoque, periódico que rivalizaba entonces en informaciones con Le Matin, el pie izquierdo que faltaba en la cesta donde fueron descubiertos los lúgubres restos. La policía llevaba ocho días —buscando en vano ese pie izquierdo y el joven Rouletabille lo encontró en una alcantarilla donde a nadie se le había ocurrido ir a buscarlo. Para ello había tenido que entrar en un equipo de alcantarilleros ocasionales que la administración de la ciudad de París había requisado a consecuencia de los daños causados por una excepcional crecida del Sena.