El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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Atravesé la habitación como una flecha y, sin embargo, pude ver que «había una carta en la mesa». Casi alcancé al hombre en la antecámara, pues tardó por lo menos un segundo en abrir la puerta. ¡Casi lo toqué! Me dio en las narices con la puerta que da de la antecámara a la galería…, pero yo tenía alas, estuve en la galería a tres metros de él… El señor Stangerson y yo lo seguimos a la misma altura. El hombre, como yo había previsto, cogió la galería a su derecha, es decir, el camino preparado para su huida… «¡A mí, tío Jacques! ¡A mí, Larsan!» —exclamé—. ¡Ya no podía escapársenos! Di un grito de alegría, de salvaje victoria… El hombre llegó a la intersección de las dos galerías apenas dos segundos antes que nosotros ¡y el encuentro que yo había decidido, el choque fatal que inevitablemente tenía que producirse, tuvo lugar! Todos chocamos en el cruce: el señor Stangerson y yo, que veníamos de un extremo de la galería recta; el tío Jacques, que venía del otro extremo de la misma galería, y Frédéric Larsan, que venía del recodo de la galería. Chocamos hasta caer…

«¡Pero el hombre no estaba allí!»

Nos miramos con ojos estúpidos, ojos de espanto ante esta «irrealidad»: «¡El hombre no estaba allí!»

¿Dónde está? ¿Dónde está? ¿Dónde está? Todo nuestro ser preguntaba: «¿Dónde está?»


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