El Misterio del cuarto amarillo

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Dicho esto, rogó al nuevo redactor que se retirase. En el umbral de la puerta lo detuvo, sin embargo, para preguntarle su nombre. El otro respondió:

—Joseph Joséphin.

—Eso no es un nombre —exclamó el redactor jefe—, pero como tampoco tendrá que firmar, no tiene mayor importancia…

En seguida, el imberbe redactor se hizo muchos amigos, pues era servicial y dotado de un buen humor que encantaba a los más gruñones y desarmaba a los más envidiosos. En el café del Tribunal, donde entonces los reporteros de sucesos se reunían antes de dirigirse a la Fiscalía o a la Prefectura en busca de su crimen cotidiano, empezó a adquirir fama de espabilado, capaz de meterse hasta en el mismo gabinete del jefe de la Seguridad. Cuando un caso valía la pena y Rouletabille —ya poseía su mote— había sido lanzado al campo de guerra por su redactor jefe, con mucha frecuencia les «ganaba la partida» a los inspectores de más fama.

Aprendí a conocerlo mejor en el café del Tribunal. Abogados criminalistas y periodistas no son enemigos, pues los unos necesitan publicidad y los otros informaciones. Charlamos, y experimenté en seguida una gran simpatía por ese buen muchachito de Rouletabille. ¡Tenía una inteligencia tan despierta y original! Y poseía una calidad de pensamiento que nunca más he vuelto a encontrar.


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