El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo »Sí, amigo mío —declaró Rouletabille, después de colocar su pipa en la mesa y vaciar su vaso—, tengo que ver de una forma clara y distinta su cara para estar seguro de que entra en el círculo que he trabado con el lado bueno de mi razón.
En aquel momento volvió a aparecer la hospedera, llevando la tradicional tortilla con tocino. Rouletabille bromeó un poco con la señora Mathieu y ésta se mostró del humor más encantador.
—¡Es mucho más alegre —me dijo— cuando el tío Mathieu está clavado en la cama por sus reúmas que cuando está ágil!
Pero yo no estaba pendiente ni de los juegos de Rouletabille, ni de las sonrisas de la hospedera; yo sólo estaba pendiente de las últimas palabras de mi buen amigo y de la extraña actitud de Robert Darzac.
Cuando acabó la tortilla y estuvimos de nuevo solos, Rouletabille prosiguió el curso de sus confidencias:
—Cuando le mandé el telegrama a primera hora de esta mañana —me dijo—, aún estaba con las palabras del señor Darzac: «El asesino vendrá “quizá” la próxima noche». Ahora puedo decirle que vendrá «con seguridad». Sí, lo espero.
—¿Qué le ha dado esa certeza? ¿No será por casualidad…?