El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —Calle —me interrumpió, sonriendo Rouletabille—, calle, que va a decir una tonterÃa. Estoy seguro de que el asesino vendrá desde esta mañana, a las diez y media, es decir, antes de su llegada, y, por consiguiente, antes de que viéramos a Arthur Ranee a la ventana del patio.
—¡Ah! ¡Ah!… —dije—. Verdaderamente… Pero ¿por qué estaba seguro de ello desde las diez y media?
—Porque a las diez y media tuve la prueba de que la señorita Stangerson hacÃa tantos esfuerzos para permitir al asesino entrar en su habitación esta noche, como precauciones para que no entrara habÃa tomado el señor Darzac al dirigirse a mÃ…
—¡Oh! ¡Oh! —exclamé—. ¿Es posible?
Y más bajo:
—¿No me ha dicho que la señorita Stangerson adoraba a Robert Darzac?
—¡SÃ, lo he dicho porque es verdad!
—Entonces, ¿no le parece extraño…?
—¡Todo es extraño en este caso, amigo mÃo, pero créame si le digo que lo extraño que usted conoce no es nada al lado de lo extraño que le espera!…
—HabrÃa que admitir —seguà diciendo— que la señorita Stangerson «y su asesino» tuvieran relaciones por lo menos epistolares.