El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—¡Admítalo, amigo mío, admítalo!… ¡No arriesga usted nada!… Ya le he contado la historia de la carta que había encima de la mesa de la señorita Stangerson, la carta que dejó el asesino la noche de la «galería inexplicable», carta desaparecida… en el bolsillo de la señorita Stangerson… ¿Quién podría asegurar que «en esa carta el asesino no obliga a la señorita Stangerson a darle una próxima cita efectiva» y, en fin, que no ha hecho saber a la señorita Stangerson, «tan pronto como ha estado seguro de la marcha del señor Darzac», que la cita debía ser para la noche que viene?

Y mi amigo se rió silenciosamente; había momentos en que me preguntaba si no me tomaba el pelo.

La puerta de la venta se abrió. Rouletabille se puso de pie tan súbitamente, que se hubiera podido creer que acababa de sufrir bajo su silla una descarga eléctrica.

—¡Señor Arthur Ranee! —exclamó.

Arthur Ranee estaba ante nosotros y flemáticamente saludaba.


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