El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—¡Extraño cuerpo!

Le pregunté:

—¿Cree que pasará la noche en el Glandier?

Ante mi estupefacción, el joven reportero respondió «que le daba completamente igual».

Pasaré por alto cómo empleamos el tiempo por la tarde. Baste con saber que fuimos a pasearnos por los bosques, que Rouletabille me llevó a la gruta de Santa Genoveva y que durante todo este tiempo mi amigo fingió hablarme de cualquier cosa menos de lo que le preocupaba. Así llegó la noche. Me extrañó ver que el reportero no tomara ninguna de las disposiciones que yo esperaba. Le hice tal observación cuando, caída la noche, estuvimos en su habitación. Me respondió que había tomado ya todas sus disposiciones y que esta vez el asesino no podía escapársele. Como expresase yo alguna duda, recordándole la desaparición del hombre en la galería y diciendo que podría renovarse el mismo hecho, replicó «que eso esperaba, y que era lo único que deseaba aquella noche». No insistí, sabiendo por experiencia lo vano que hubiera sido mi insistencia. Me confió que desde el alba, gracias a su cuidado y al de los porteros, el castillo estaba vigilado de tal forma que nadie pudiera acercarse sin que él lo supiera, y que en el caso de que nadie viniera de fuera, estaba muy tranquilo acerca de lo que podía concernir «a los de dentro».


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