El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo El hombre, aunque inevitablemente herido por nuestras balas, nos llevaba unos veinte metros de ventaja. De pronto, detrás de nosotros, encima de nuestras cabezas, se abrió una ventana de la galerÃa y oÃmos la voz de Rouletabille, que, desesperado, clamaba:
—¡Dispare, Bernier, dispare!
Y la noche, clara en aquel momento, la noche lunar, fue de nuevo estriada por un relámpago.
A la luz del relámpago, vimos al tÃo Bernier de pie con su escopeta a la puerta de la torre.
HabÃa apuntado bien. «La sombra cayó». Pero como habÃa llegado al extremo del ala derecha del castillo, cayó al otro lado del ángulo del edificio; es decir, vimos que caÃa, pero donde quedó definitivamente tendida en el suelo fue al otro lado de la pared que no podÃamos ver. Bernier, Arthur Ranee y yo llegamos a ese otro lado de la pared veinte segundos más tarde. «La sombra estaba muerta a nuestros pies».
Despertado evidentemente de su sueño letárgico por los clamores y las detonaciones, Larsan acababa de abrir la ventana de su habitación y nos gritaba, como habÃa gritado Arthur Ranee:
—¿Qué pasa?… ¿Qué pasa?…
Y nosotros, nosotros estábamos inclinados sobre la sombra, sobre la misteriosa sombra muerta del asesino. Rouletabille, completamente despierto ahora, se reunió con nosotros en ese mismo momento, y le grité: