El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo El tiro resonó en la galería con un estrépito ensordecedor, pero el hombre prosiguiendo sus saltos insensatos bajó como una tromba la escalera. Corrí tras él gritando: «¡Detente! ¡Detente o te mato…!» Cuando me precipitaba a mi vez a la escalera, vi frente a mí a Arthur Ranee, que venía del fondo de la galería del ala izquierda del castillo gritando: «¿Qué pasa?… ¿Qué pasa?…» Arthur Ranee y yo llegamos casi al mismo tiempo al pie de la escalera; la ventana del vestíbulo estaba abierta; vimos claramente la forma del hombre que huía; instintivamente, descargamos nuestros revólveres en su dirección; el hombre estaba a más de diez metros delante de nosotros; tropezó y creímos que iba a caer; saltamos por la ventana; pero el hombre prosiguió su carrera con nuevo rigor; yo estaba en calcetines, el americano estaba con los pies desnudos. ¡No podíamos esperar alcanzarlo «si no lo alcanzaban nuestros revólveres»! Disparamos las últimas balas; él seguía huyendo…, pero huía por la parte derecha del patio hacia el extremo del ala derecha del castillo, un rincón rodeado de fosos y altas rejas de donde le sería imposible escapar, rincón que no tenía más salida «ante nosotros» que la puerta del cuartito en voladizo habitado actualmente por el guarda.