El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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Durante la mañana que siguió a aquella horrible noche vimos aparecer otra vez al señor Marquet, su secretario y los gendarmes. Todos fuimos interrogados excepto la señorita Stangerson, naturalmente, la cual se hallaba en un estado próximo al coma. Rouletabille y yo, después de ponernos de acuerdo, no dijimos más que lo que nos pareció bien decir. Yo me guardé de contar nada acerca de mi estancia en el cuartito oscuro ni de historias de narcóticos. En una palabra, callamos todo lo que podía hacer sospechar que nosotros esperábamos algo, y también todo lo que podía hacer creer que la señorita Stangerson «esperaba al asesino». La desgraciada quizá iba a pagar con su vida el misterio de que rodeaba a su asesino… No nos correspondía a nosotros hacer inútil tamaño sacrificio… Arthur Ranee contó a todo el mundo con mucha puntualidad —con tanta naturalidad que yo estaba estupefacto— que había visto al guarda por última vez hacia las once de la noche. Éste había venido a su habitación, dijo, para hacerse cargo de su maleta, que debía llevar a primera hora de la mañana siguiente a la estación de Saint-Michel, «¡y se había entretenido un buen rato charlando con él de caza y de cazadores furtivos!». Arthur William Ranee, en efecto, iba a dejar el Glandier por la mañana y dirigirse a pie, como de costumbre, a Saint-Michel; también había aprovechado un viaje matinal del guarda al pueblo para librarse de su equipaje. Era este equipaje el que llevaba el hombre verde cuando lo vi salir de la habitación de Arthur Ranee.


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