El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Bernier, el portero, siguiendo las indicaciones de Rouletabille, informó que aquella noche había sido requerido por el mismo guarda para perseguir a los cazadores furtivos (al fin y al cabo, el guarda no podía contradecirle), que habían quedado citados los dos no lejos del encinar y que, viendo que el guarda no venía, él, Bernier, había salido a su encuentro… Llegaba ya a la altura de la torre, tras haber pasado el portón del patio, cuando vio a un individuo que huía a todo correr por el lado opuesto, hacia el extremo del ala derecha del castillo; en ese mismo momento unos tiros de revólver resonaron detrás del fugitivo; Rouletabille apareció en la ventana de la galería; divisó a Bernier, lo reconoció, le vio la escopeta y le gritó que tirase. Entonces Bernier disparó su escopeta, que ya tenía preparada, y… estaba convencido de que había malherido al fugitivo; incluso llegó a creer que lo había matado, creencia que le había durado hasta el momento en que Rouletabille, al examinar el cuerpo que había caído bajo el tiro de la escopeta, le mostró que ese cuerpo «había sido muerto de una cuchillada»; por lo demás, él seguía sin entender nada de semejante fantasmagoría, teniendo en cuenta que, si el cadáver hallado no era el del fugitivo sobre el que todos habíamos tirado, el fugitivo tenía que estar forzosamente en algún sitio. Ahora bien, en aquel pequeño rincón del patio donde todos nos habíamos reunido en torno al cadáver ¡«no había sitio para otro muerto ni para un vivo» sin que nosotros lo viéramos!