El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Aquella misma tarde Rouletabille y yo abandonamos el Glandier. Estábamos muy contentos: aquel lugar ya no tenÃa nada que pudiera retenernos. Yo declaré que renunciaba a penetrar en tal cantidad de misterios, y Rouletabille, dándome una palmada amistosa en el hombro, me dijo que ya no tenÃa nada que hacer en el Glandier, porque el Glandier le habÃa enseñado todo lo que habÃa que saber. Llegamos a ParÃs hacia las ocho. Cenamos rápidamente, y luego, cansados, nos separamos, quedando citados en mi casa para la mañana siguiente.
A la hora convenida entró Rouletabille en mi habitación. Iba vestido con un traje a cuadros de paño inglés, llevaba un abrigo al brazo, una visera en la cabeza y un bolso en la mano. Me dijo que se iba de viaje.
—¿Cuánto tiempo estará usted fuera? —le pregunté.
—Un mes o dos —dijo—. Depende…
Yo no me atrevÃa a interrogarlo…
—¿Sabe usted —me dijo— cuál es la palabra que la señorita Stangerson pronunció ayer antes de desvanecerse…, mirando al señor Robert Darzac?…
—No, nadie la oyó…
—¡SÃ, yo! —replicó Rouletabille—. Ella le decÃa: «¡Habla!»
—¿Y hablará el señor Darzac?
—¡Jamás!
