El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Los parisinos que se dirigieron aquel dÃa a Versalles para asistir al proceso llamado del «Misterio del Cuarto Amarillo» ciertamente no habrán olvidado la increÃble muchedumbre que se atropellaba en la estación de Saint-Lazare. No habÃa sitio en los trenes y tuvieron que improvisar convoyes suplementarios. El artÃculo de L’Epoque habÃa soliviantado a todo el mundo, excitado todas las curiosidades, llevado hasta la exasperación la pasión por las discusiones. Entre los partidarios de Joseph Rouletabille y los fanáticos de Frédéric Larsan se intercambiaron puñetazos, pues, cosa extraña, la fiebre de la gente procedÃa no tanto del hecho de que quizá se fuera a condenar a un inocente cuanto del interés que ponÃan en la propia comprensión del «Misterio del Cuarto Amarillo». Cada uno tenÃa su explicación y la daba por buena. Todos los que explicaban el crimen como Frédéric Larsan no admitÃan que se pudiera poner en duda la perspicacia del popular policÃa, y todos los otros, los que tenÃan una explicación diferente a la de Frédéric Larsan, naturalmente pretendÃan que debÃa de ser la de Joseph Rouletabille, que no conocÃan aún. Con el número de L’Epoque en la mano, los «Larsan» y los «Rouletabille» disputaron y se pelearon hasta en los escalones del palacio de justicia de Versalles, hasta dentro de la sala de audiencias. La innumerable muchedumbre que no pudo entrar en el palacio se quedó toda la tarde en los alrededores del edificio, contenida a duras penas por la tropa y la policÃa, ávida de noticias, acogiendo los rumores más fantásticos. Por un momento, circuló la voz de que acababan de detener en plena audiencia al mismo señor Stangerson, que habÃa confesado ser el asesino de su hija… Era de locura. El nerviosismo habÃa llegado al colmo. Y seguÃan esperando a Rouletabille. Ciertas gentes pretendÃan conocerlo y reconocerlo, y, cuando un joven provisto de un pase atravesaba el sitio libre que separaba a la muchedumbre del palacio de justicia, se producÃan empujones. Se aplastaban. Gritaban: «¡Rouletabille! ¡Ahà está Rouletabille!» Unos testigos que se parecÃan más o menos vagamente al retrato publicado por L’Epoque fueron también aclamados. La llegada del director de L’Epoque fue asimismo la señal de algunas manifestaciones. Unos aplaudieron. Otros silbaron. HabÃa muchas mujeres entre la muchedumbre.