El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—Yo no veo —dijo— la necesidad de hacer intervenir al tío Mathieu en todo esto. Ya se lo he dicho al señor Marquet, pero los propósitos asesinos de ese hombre evidentemente lo han perjudicado en el ánimo del señor juez de instrucción. Para mí, el asesinato de la señorita Stangerson y el asesinato del guarda «son el mismo caso». Disparamos contra el asesino de la señorita Stangerson cuando huía por el patio; puede que creyéramos haberlo dado, puede que creyéramos haberlo matado; la verdad es que no hizo más que tropezar en el momento en que desaparecía tras el ala derecha del castillo. Allí el asesino se encontró con el guarda, que, sin duda, quiso oponerse a su fuga. El asesino tenía aún en la mano el cuchillo con el que acababa de herir a la señorita Stangerson; hirió al guarda en el corazón, y el guarda murió.

Esta explicación tan sencilla pareció tanto más plausible cuanto que ya habían dado con ella muchos de los que se interesaban por los misterios del Glandier. Se dejó oír un murmullo de aprobación.

—Y, en ese caso, ¿qué fue del asesino? —preguntó el presidente.

—Evidentemente, se escondió en un rincón oscuro de ese extremo del patio, señor presidente, y, en cuanto se marcharon las gentes del castillo que llevaban el cuerpo, pudo huir tranquilamente.


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