El Misterio del cuarto amarillo

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Al llegar aquí, Rouletabille se volvió hacia la señora Mathieu, que seguía en la barra, y le hizo un saludo galante.

—Las huellas de los pies de la señora —explicó Rouletabille— tienen una extraña semejanza con las marcas de los «pies elegantes» del asesino…

La señora Mathieu se estremeció y miró fijamente al joven reportero con una curiosidad feroz. ¿Qué osaría decir? ¿Qué quería decir?

—La señora tiene el pie elegante, largo y más bien un poco grande para una mujer. Excepto en la punta del botín, es el pie del asesino…

Hubo algunos movimientos entre el auditorio. Rouletabille, con un gesto, los hizo cesar. Verdaderamente, se hubiera dicho que era él quien mandaba ahora la policía de la audiencia.

—Me apresuro a decir que esto no significa gran cosa y que un policía que edificase un sistema sobre señales exteriores semejantes, sin rodearlo de una idea general, ¡iría a parar de rondón al error judicial! También el señor Robert Darzac tiene los pies del asesino, ¡y, sin embargo, no es el asesino!

Nuevos movimientos.

El presidente preguntó a la señora Mathieu:

—Señora, ¿es así como pasaron las cosas aquella noche?


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