El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo El presidente, después de haberse preguntado si debía enfadarse, decidió divertirse con el muchacho como todo el mundo. Rouletabille derramaba simpatía y el presidente estaba ya completamente impregnado. Por último, había definido con tanta claridad el papel de la señora Mathieu en el caso y había explicado tan bien cada uno de sus pasos «aquella noche», que el señor Rocoux se veía obligado a tomarlo casi en serio.
—Bueno, señor Rouletabille —dijo—, ¡sea como usted quiera! ¡Pero no quiero volver a verlo antes de las seis y media!
Rouletabille saludó al presidente y, meneando su gorda cabeza, se dirigió a la puerta de los testigos.
* * *
Su mirada me buscaba. No me vio. Entonces yo me desprendí suavemente de la muchedumbre que me apretaba, y salí de la sala de la audiencia casi al mismo tiempo que Rouletabille. Este excelente amigo me acogió con efusión. Estaba contento y locuaz. Me zarandeaba las manos con júbilo. Le dije:
—No voy a preguntarle, mi querido amigo, qué ha ido a hacer a América. Sin duda me replicaría, como al presidente, que no puede responderme hasta las seis y media…