El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —¡Era imposible que el asesino pudiera huir normalmente del extremo del patio en que habÃa entrado sin que nosotros lo viéramos! ¡Si no lo hubiéramos visto, lo habrÃamos tocado! Es un cachito de patio de nada y menos, un cuadrado rodeado de fosos y de altas verjas. ¡El asesino habrÃa tenido que andar por encima de nosotros o nosotros por encima de él! ¡Ese cuadrado estaba materialmente cerrado por los fosos, las verjas y por nosotros mismos, casi tanto como el «Cuarto Amarillo»!
—¡Pues dÃganos entonces, ya que el hombre entró en ese cuadrado, dÃganos entonces cómo es que no lo encontraron!… ¡Hace ya media hora que no estoy preguntándole más que eso!…
Rouletabille sacó otra vez el reloj que rellenaba el bolsillo de su chaleco, le echó una mirada tranquila y dijo:
—Señor presidente, todavÃa puede usted preguntármelo durante tres horas y media; sobre ese punto no podré responderle hasta las seis y media.
Esta vez los murmullos no fueron hostiles ni decepcionados. La gente empezaba a tener confianza en Rouletabille. «Se fiaban de él». Y se divertÃan con esa pretensión de fijar una hora al presidente como si fijara una cita a un compañero.