El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo ¡Gran conmoción, murmullos, bravos! El letrado Henri-Robert presentó sus conclusiones tendentes a que se aplazara el caso para otra sesión complementaria de la instrucción; el mismo ministerio público se sumó a ello. Se aplazó el caso. Al dÃa siguiente, Robert Darzac era puesto en libertad provisional, el tÃo Mathieu se beneficiaba de un inmediato «no ha lugar». Se buscó en vano a Frédéric Larsan. La prueba de la inocencia estaba dada. El señor Darzac escapó, por fin, a la horrible calamidad que lo amenazó un instante, y pudo esperar, después de una visita a la señorita Stangerson, que, a fuerza de asiduos cuidados, algún dÃa ella recobrarÃa la razón.
En cuanto a ese crÃo de Rouletabille, fue naturalmente «el hombre del dÃa». Al salir del palacio de Versalles la muchedumbre lo llevó en triunfo. Los periódicos del mundo entero publicaron sus hazañas y su fotografÃa, y él, que habÃa entrevistado a tantos ilustres personajes, fue ilustre y entrevistado a su vez. ¡Debo decir que no por eso se mostró más orgulloso!
Volvimos juntos de Versalles, después de cenar con gran alegrÃa en «El perro que fuma». En el tren empecé a hacerle un montón de preguntas que, durante la cena, se acumularon en mis labios y que, sin embargo, callé, pues sabÃa que a Rouletabille no le gustaba trabajar comiendo.