El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —¡«El interés del policía», señor! El interés de mostrarse espabilado aniquilando las pruebas que él mismo había acumulado. ¡Eso es muy hábil! ¡Es un truco que le ha servido con frecuencia para desviar las sospechas que hubieran podido caer sobre él mismo! Probaba la inocencia del uno antes de acusar al otro. Piense, señor presidente, que un caso como éste Larsan debió de «cocerlo» con mucho tiempo de antelación. Ya le he dicho que lo tenía todo estudiado, y que se conocía los rincones y todo. Si tiene usted curiosidad por saber cómo se documentó, se enterará usted de que por un momento se hizo el intermediario entre «el laboratorio de la Seguridad» y el señor Stangerson, a quien solicitaban «experimentos». Así, antes del crimen, pudo penetrar dos veces en el pabellón. Iba maquillado de tal suerte, que después el tío Jacques no lo reconoció; pero Larsan sí que encontró la ocasión de birlar al tío Jacques un viejo par de zapatones y una boina desechada, que el viejo servidor del señor Stangerson había atado en un pañuelo para llevárselos sin duda a uno de sus amigos, un carbonero de la carretera de Epinay. Cuando el crimen fue descubierto, el tío Jacques, que reconoció interiormente los objetos, ¡tuvo buen cuidado de no reconocerlos en seguida! Eran demasiado comprometedores, y eso explica su turbación en aquella época cuando le hablábamos de ello. Todo esto es claro como el día. Y yo he obligado a Larsan a confesármelo. Por lo demás, lo ha hecho con gusto, pues si es un bandido (cosa que, me atrevo a esperar, ya no ofrecerá duda para nadie), ¡es también un artista!… Es la manera de hacer de ese hombre, su propia manera… ¡Ya actuó del mismo modo cuando el caso del «Crédito universal» y de los «Lingotes de la Casa de la Moneda»! Casos que habrá que revisar, señor presidente, porque hay varios inocentes en la cárcel desde que Ballmeyer-Larsan pertenece a la Seguridad.