El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —¡SÃ! Acababa de hacer el razonamiento de la «galerÃa inexplicable», pero la vuelta de Larsan a la habitación de la señorita Stangerson no habÃa podido explicármela todavÃa por el descubrimiento de los quevedos de présbita… En fin, mi sospecha sólo era matemática, y la idea de Larsan asesino me parecÃa tan formidable que estaba decidido a esperar «huellas sensibles» antes de osar detenerme más en ella. A pesar de todo, aquella idea me inquietaba y, a veces, le hablé a usted del policÃa de una forma que hubiera debido ponerle sobre aviso. Para empezar, ya no daba como evidente «su buena fe» ni le decÃa «que se equivocaba». Yo hablaba de su sistema como de un miserable sistema, y el desprecio que le mostraba, que en la mente de usted iba dirigido al policÃa, en la mÃa iba dirigido en realidad no tanto al policÃa cuanto al bandido que sospechaba que era… Recuerde que cuando le enumeraba todas las pruebas que se acumulaban contra el señor Darzac, le decÃa: «Todo esto parece dar cierto peso a la hipótesis del gran Fred. Por lo demás, esa hipótesis, que yo creo falsa, lo extraviará…», y añadÃa en un tono que hubiera debido dejarle estupefacto: «¿Ahora esa hipótesis extravÃa realmente a Frédéric Larsan? ¡Ésa es la cosa! ¡Ésa es la cosa! ¡Ésa es la cosa!…»