El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo »Aquellos «¡Ésa es la cosa!» hubieran debido darle que pensar; toda mi sospecha estaba en aquellos «¡Ésa es la cosa!». Y ¿qué significaba: «¿extravía realmente?» sino que podía no extraviarlo a él y estaba destinada a extraviarnos a nosotros? En aquel momento lo miré y se estremeció, no había entendido usted… Me alegré de ello, pues, hasta el descubrimiento de los quevedos, no podía considerar el crimen de Larsan más que como una absurda hipótesis… Pero después del descubrimiento de los quevedos, que me explicaban la vuelta de Larsan a la habitación de la señorita Stangerson…, imagine mi alegría, mis arrebatos… ¡Oh! ¡Lo recuerdo muy bien! Corría como un loco por mi habitación y le gritaba: «¡Se la voy a jugar de una forma resonante!» Estas palabras se dirigían entonces al bandido. Y, aquella misma noche, cuando encargado por el señor Darzac de vigilar la habitación de la señorita Stangerson, hasta las diez de la noche me limité a cenar con Larsan sin tomar ninguna medida, ¡tranquilo porque él estaba allí, frente a mí!, también en aquel momento hubiera usted podido sospechar, querido amigo, que al único hombre que temía era a él. Y cuando, en el momento en que hablábamos de la próxima llegada del asesino, yo le decía: «¡Oh! ¡Estoy completamente seguro de que Frédéric Larsan estará aquí esta noche!…»