El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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»Me sorprendió muy mucho, para que lo sepa, que durante la instrucción Larsan no se sirviera del bastón contra el señor Darzac. ¿No había comprado ese bastón la noche del crimen un hombre cuyas señas respondían a las del señor Darzac? Pues bien, esta tarde pregunté al mismo Larsan, antes de que cogiera el tren para desaparecer, le pregunté por qué no se había servido del bastón. Me respondió que nunca había sido su intención; que, en su pensamiento, nunca imaginó nada contra el señor Darzac con ese bastón, que la noche de la taberna de Epinay lo habíamos puesto en una situación bastante embarazosa ¡al probarle que nos mentía! Usted sabe que decía que había conseguido ese bastón en Londres; ahora bien, ¡la marca atestiguaba que era de París! ¿Por qué, en aquel momento, en vez de pensar: «Fred miente; estaba en Londres; no pudo conseguir ese bastón de París en Londres», por qué no nos dijimos: «Fred miente; ¡no estaba en Londres, puesto que compró ese bastón en París!»? ¡Fred mentiroso, Fred en París en el momento del crimen! ¡Es ese un punto de partida para sospechar! Y cuando, después de su investigación en la tienda de Cassette, usted nos informa que el bastón ha sido comprado por un hombre que va vestido como el señor Darzac; cuando estamos seguros, según la misma palabra del señor Darzac, de que él no ha comprado ese bastón; cuando estamos seguros, gracias a la historia de la oficina de correos 40, de que hay en París un hombre que adopta la silueta de Darzac; cuando nos preguntamos quién es entonces el hombre que, disfrazado de Darzac, se presenta la noche del crimen en la tienda de Cassette para comprar un bastón que encontramos en las manos de Fred, ¿cómo, cómo, cómo no nos dijimos un instante: «Pero…, pero…, y si ese desconocido disfrazado de Darzac que compra un bastón que Fred lleva en las manos…, fuera…, fuera… el mismo Fred…»? Ciertamente, en su calidad de agente de la Seguridad no era propicio a semejante hipótesis; pero, cuando comprobamos el encarnizamiento con que Fred acumulaba las pruebas contra Darzac, la rabia con que perseguía al infeliz…, hubiera podido chocarnos una mentira de Fred tan importante como la que lo hacía entrar en posesión en París de un bastón que no podía haber conseguido en Londres. Aunque lo hubiera encontrado en París, no por eso dejaba de existir la mentira de Londres. ¡Todo el mundo lo creía en Londres, hasta sus jefes, y él compraba un bastón en París! Ahora, ¡cómo podía ser que ni por un segundo lo usara como un bastón encontrado en torno al señor Darzac! ¡Es muy sencillo! Es tan sencillo que ni se nos ocurrió… Larsan lo compró, después de ser ligeramente herido en la mano por la bala de la señorita Stangerson, ¡únicamente para procurarse cierta compostura, para tener siempre la mano cerrada, para no verse tentado a abrir la mano y enseñar su herida interior! ¿Comprende ahora?… Eso fue lo que me dijo Larsan, y recuerdo haber repetido a menudo cuánto me extrañaba «que su mano no soltara ese bastón». En la mesa, cuando cenaba con él, no había soltado apenas el bastón, cuando se apoderaba de un cuchillo que su mano derecha ya no abandonaba. Todos esos detalles me volvieron a la memoria cuando mi idea se detuvo sobre Larsan, es decir, demasiado tarde para que me fueran de ninguna ayuda. Así, la noche en que Larsan simuló ante nosotros el sueño, me incliné sobre él y, con mucha habilidad, sin que se diera cuenta, pude ver su mano. Ya no llevaba más que una ligera tirita de tafetán, que disimulaba lo que quedaba de una herida ligera. Comprobé que, en aquel momento, hubiera podido pretender que se había hecho esa herida con algo completamente diferente de una bala de revólver. A pesar de todo, en aquella hora era para mí un nuevo signo exterior que entraba en el círculo de mi razonamiento. La bala, me ha dicho esta tarde Larsan, sólo le rozó la palma y le ocasionó una hemorragia bastante abundante.


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