El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Desesperada, después de una vana tentativa de suicidio, Mathilde se reunió con su tía en Cincinnati. Ésta por poco se muere de alegría al volver a verla. Desde hacía ocho días no había dejado de hacer buscar a Mathilde por todas partes y no se había atrevido aún a avisar al padre. Mathilde hizo jurar a su tía que el señor Stangerson nunca sabría nada. Así también lo entendía la tía, que se sentía culpable de ligereza en tan grave circunstancia. Un mes más tarde, la señorita Mathilde Stangerson volvía al lado de su padre, arrepentida, el corazón muerto al amor, y no pidiendo más que una cosa: no oír nunca más hablar de su marido, el terrible Ballmeyer, conseguir perdonarse su falta a sí misma y levantarse ante su propia conciencia mediante una vida de trabajo sin límite y de devoción hacia su padre.
Mantuvo su palabra. Sin embargo, en el momento en que, después de habérselo confesado todo a Robert Darzac, cuando creía a Ballmeyer muerto, pues había corrido el rumor de su muerte, se había concedido, después de haber expiado tanto, la suprema alegría de unirse a un amigo seguro, ¡el destino le resucitaba a Jean Roussel, el Ballmeyer de su juventud! Éste le hizo saber que nunca permitiría su boda con Robert Darzac y que «la seguía queriendo», cosa que, por desgracia, era cierta.