El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo A aquel lugar, que parecía pertenecer por completo al pasado, vinieron a instalarse el profesor Stangerson y su hija para preparar la ciencia del porvenir. Desde el primer momento les gustó su soledad en el fondo de los bosques. Viejas piedras y grandes encinas serían los únicos testigos de sus trabajos y esperanzas. El Glandier, antiguamente «Glandierum», se llamaba así por el gran número de bellotas que, de siempre, se habían recogido en aquel lugar. Esta tierra, hoy tristemente célebre, había reconquistado gracias al descuido o al abandono de los propietarios el aspecto salvaje de una naturaleza primitiva; únicamente los edificios que allí se escondían habían conservado la huella de extrañas metamorfosis. Cada siglo había dejado su impronta: un trozo de arquitectura, al que se unía el recuerdo de algún terrible acontecimiento, de alguna roja aventura; y, tal cual, este castillo, donde iba a refugiarse la ciencia, parecía el más indicado para servir de teatro a misterios de espanto y de muerte.
Dicho esto, no puedo evitar hacer una reflexión, que es la siguiente.