El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Lo que no dejaba de mirar en el hueco de su mano derecha no era más que su reloj y parecÃa muy ocupado en contar minutos. Luego deshizo el camino, reemprendió una vez más la carrera, no se paró hasta la reja del parque, volvió a consultar su reloj, se lo metió en el bolsillo, se encogió de hombros con un gesto desanimado, empujó la reja, entró en el parque, volvió a cerrar la reja con llave, levantó la cabeza y, a través de los barrotes, nos vio. Rouletabille echó a correr y lo seguÃ. Frédéric Larsan nos esperaba.
—Señor Fred —dijo Rouletabille, descubriéndose y dando muestras de un profundo respeto basado en la real admiración que el joven reportero sentÃa por el célebre policÃa—, ¿podrÃa decirnos si el señor Robert Darzac está en el castillo ahora mismo? Está aquà uno de sus amigos, del tribunal de ParÃs, que desearÃa hablar con él.
—No lo sé, señor Rouletabille… —replicó Fred estrechando la mano de mi amigo, pues en varias ocasiones le habÃa encontrado durante sus investigaciones más difÃciles—. No lo he visto.
—Los caseros nos podrán informar, ¿verdad? —dijo Rouletabille, señalando una casita de ladrillos que tenÃa la puerta y las ventanas cerradas, y que, indudablemente, debÃa albergar a aquellos fieles guardianes de la propiedad.