El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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El caso de los lingotes de oro de la Casa de la Moneda, que desenredó cuando todo el mundo se daba por vencido, y la detención de los atracadores de cajas fuertes del Crédito Universal, habían hecho su nombre casi popular. En aquella época, en que Rouletabille no había dado aún las pruebas admirables de un la lento único, él pasaba por la inteligencia más indicada para desenredar la enmarañada madeja de los más misteriosos y oscuros crímenes. Su fama se había extendido por el mundo entero y con frecuencia los policías de Londres o de Berlín, o hasta de América, le pedían ayuda cuando los inspectores y detectives nacionales se confesaban faltos de imaginación y recursos. Así pues, no es de extrañar que, desde el principio del misterio del «Cuarto Amarillo», el jefe de la Seguridad pensara en telegrafiar a su precioso subordinado en Londres, donde Frédéric Larsan había sido enviado por un importante asunto de títulos robados: «Vuelva en seguida». Frédéric, a quien llamaban en la Seguridad el gran Fred, se había dado mucha prisa —pensábamos—, sabiendo sin duda por experiencia que, si se le molestaba, era porque necesitaban de sus servicios, y por eso aquella mañana Rouletabille y yo lo veíamos ya a la tarea. Comprendimos en seguida en qué consistía.




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