El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —¡Ah! ¡Ah! Entonces tiene alguna idea sobre el caso… Sin embargo, no ha visto nada, jovencito… TodavÃa no ha entrado aquÃ…
—Ya lo haré.
—Lo dudo… La consigna es terminante.
—Entraré si me permite ver a Robert Darzac… Usted sabe que somos viejos amigos… Haga eso por mÃ, señor Fred, se lo ruego… Acuérdese del bello artÃculo que le hice sobre los «Lingotes de oro». Por favor, sólo unas palabras con Robert Darzac.
En ese momento, la cara de Rouletabille era muy cómica. Reflejaba un deseo tan irresistible de franquear ese umbral, al otro lado del cual ocurrÃa algún prodigioso misterio; suplicaba con tal elocuencia, no sólo con la boca y con los ojos, sino también con todos sus rasgos, que no pude evitar echarme a reÃr. Frédéric Larsan, al igual que yo, tampoco pudo mantenerse serio.
Sin embargo, del otro lado de la reja, Frédéric Larsan volvÃa a meter tranquilamente la llave en su bolsillo. Yo lo examinaba.