El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Era un hombre que podía tener unos cincuenta años. Tenía una hermosa cabeza, el pelo entrecano, la tez mate, el perfil duro; la frente era prominente; la barbilla y las mejillas estaban cuidadosamente afeitadas; los labios, sin bigote, delicadamente dibujados; los ojos, algo pequeños y redondos, se clavaban en las personas con una mirada inquisidora que extrañaba e inquietaba. Esbelto y de mediana estatura, su aspecto general era elegante y simpático. Nada tenía del vulgar policía. Era un gran artista en su género, y él lo sabía; se podía percibir que tenía una elevada idea de sí mismo. El tono de su conversación era el de una persona escéptica y desengañada. Su extraña profesión le había hecho frecuentar tantos crímenes y bajezas, que habría resultado inexplicable que no le endureciera un poco los sentimientos, según la curiosa expresión de Rouletabille.
Larsan volvió la cabeza al oír el ruido de un coche a sus espaldas. Reconocimos el cabriolé que, en la estación de Épinay, había llevado al juez de instrucción y a su secretario.
—¡Mire! —dijo Frédéric Larsan—. ¿Usted quería hablar con Robert Darzac? ¡Ahí está!