El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo El cabriolé ya habÃa llegado a la reja y Robert Darzac le pedÃa a Frédéric Larsan que le abriera la entrada del parque. Le decÃa que estaba muy apurado y que apenas tenÃa tiempo de llegar a Épinay para tomar el próximo tren a ParÃs, cuando me reconoció. Mientras Larsan abrÃa la reja, el señor Darzac me preguntó qué podÃa traerme al Glandier en un momento tan trágico. Entonces noté que estaba atrozmente pálido y que su rostro reflejaba un infinito dolor.
—¿La señorita Stangerson se encuentra mejor? —le pregunté inmediatamente.
—Sà —dijo—. Quizás la salven. Tienen que salvarla.
No agregó: «o moriré», pero sentimos temblar el final de la frase al borde de sus labios exangües.
Entonces intervino Rouletabille:
—Señor, sé que está apurado. Sin embargo, necesito hablar con usted. Tengo algo muy importante que decirle.
Frédéric Larsan interrumpió:
—¿Me disculpan si los abandono? —preguntó a Robert Darzac—. ¿Tiene una llave o quiere que le dé ésta?
—Gracias, tengo una llave. Yo cerraré la reja.
Larsan se alejó rápidamente en dirección al castillo, cuya mole imponente se divisaba a un centenar de metros.