El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—Evidentemente, es sospechoso —asintió Rouletabille—. ¿Y dice que estaban vestidos…?

—Eso es lo increíble…, estaban vestidos…, «enteramente», y además bien abrigados… No les faltaba ninguna pieza de su indumentaria. La mujer llevaba zuecos, pero el hombre tenía «los zapatos atados». Ahora bien, declararon haberse acostado a las nueve como todas las noches. Cuando llegó esta mañana el juez de instrucción, que se había provisto en París de un revólver del mismo calibre que el del crimen (pues no quiere tocar al revólver-pieza de convicción), mandó a su secretario que disparara dos tiros en el «Cuarto Amarillo» con la ventana y la puerta cerradas. Estábamos con él en la casa de los porteros; no oímos nada… No se puede oír nada. Quiere decirse que los porteros han mentido, de eso no cabe la menor duda… Estaban preparados; estaban ya fuera, lejos del pabellón; esperaban algo. Por supuesto, no, se los acusa de ser los autores del atentado, pero su complicidad no es improbable… El señor Marquet mandó detenerlos en seguida.

—Si hubieran sido cómplices —dijo Rouletabille—, habrían llegado desarreglados, o, mejor dicho, no habrían llegado en absoluto. Cuando uno se precipita en brazos de la justicia llevando consigo tantas pruebas de complicidad, es que no es cómplice. En el caso que nos ocupa yo no creo en los cómplices.


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