El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Acabábamos de atravesar un viejo puente construido sobre el foso y estábamos entrando en la parte del parque llamado «El Encinar». Allí había encinas centenarias. El otoño había encogido sus hojas amarillentas, y sus altas ramas negras y serpeantes parecían horribles cabelleras, nudos de reptiles gigantescos entremezclados, como el escultor antiguo los retorció en su cabeza de Medusa. Aquel lugar, donde vivía la señorita Stangerson en verano porque le parecía alegre, en aquella estación nos pareció fúnebre y triste. El suelo estaba negro, enfangado por las recientes lluvias y por el cieno de las hojas secas; los troncos de los árboles estaban negros; el mismo cielo, por encima de nuestras cabezas, estaba de luto, arrastrando pesados nubarrones. Y en aquel retiro sombrío y desolado vimos las paredes blancas del pabellón. Extraño edificio, sin una ventana visible desde el lugar en que nos encontrábamos. Unicamente una puertecita delimitaba la entrada. Parecía una tumba, un vasto mausoleo al fondo del bosque abandonado. A medida que nos íbamos acercando, adivinábamos la disposición. Toda la luz que necesitaba le venía del mediodía, es decir, del otro lado de la propiedad, del lado del campo. Una vez cerrada la puertecita que daba al parque, el señor y la señorita Stangerson debían de encontrar allí una prisión ideal para vivir con sus trabajos y sus sueños.