El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Por segunda vez, desde aquella mañana, volvía a oír estupefacto las mismas palabras insensatas y, por segunda vez, vi que producían en el profesor de la Sorbona el mismo efecto aniquilador. Lo primero que hizo Robert Darzac fue mirar hacia el tío Jacques. Pero éste no nos había visto, ocupado como estaba en la otra ventana… Entonces, el novio de la señorita Stangerson abrió su cartera temblando, guardó el papel y dijo suspirando: «¡Dios mío!»
Mientras tanto, Rouletabille se había subido a la chimenea; es decir que, de pie sobre los ladrillos de un horno, consideraba atentamente la chimenea, que iba estrechándose y que, a cincuenta centímetros por encima de su cabeza, estaba enteramente cerrada con placas de hierro fijadas en el ladrillo, dejando pasar tres tubos de unos quince centímetros de diámetro cada uno.
—Imposible pasar por ahí —afirmó el joven saltando al laboratorio—. Por lo demás, si «él» lo hubiera intentado, toda esa chatarra estaría en el suelo. ¡No! ¡No! No hay que buscar por este camino…
Después Rouletabille examinó los muebles y abrió las puertas de los armarios. Luego les tocó el turno a las ventanas, que declaró infranqueables e «infranqueadas». En la segunda ventana, encontró al tío Jacques en contemplación.
—¿Pero qué está mirando por ahí, tío Jacques?