El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Y empujó las contraventanas. Entró la luz lÃvida de fuera, iluminando un siniestro desorden entre paredes de azafrán. El parquet —pues si el vestÃbulo y el laboratorio eran de baldosa, el «Cuarto Amarillo» era de parquet— estaba recubierto con una estera amarilla de una sola pieza, que ocupaba casi toda la habitación, yendo hasta debajo de la cama y del tocador, únicos muebles que con la cama seguÃan aún en pie. La mesa redonda del centro, la mesilla de noche y dos sillas estaban caÃdas en el suelo. Pero no impedÃan ver en la estera una amplia mancha de sangre, que procedÃa —según nos dijo el tÃo Jacques— de la herida en la frente de la señorita Stangerson. Además, gotitas de sangre derramadas por doquier seguÃan, por decirlo asÃ, la huella muy visible de unos pasos, los anchos pasos negros del asesino. Todo hacÃa presumir que aquellas gotas de sangre provenÃan de la herida del hombre, quien, en cierto momento, dejó impresa su mano en la pared. HabÃa más huellas de aquella mano en la pared, pero mucho menos claras. Aquélla era efectivamente la huella de una ruda mano de hombre ensangrentada.
Yo no pude dejar de exclamar: