La maquina de asesinar
La maquina de asesinar »Fronte a un ser como él nunca se puede tener la seguridad de nada. ¿Sabes en qué pienso cuando me encuentro frente a él? En el monje Schwartz, el benedictino que inventó la pólvora y que luego de la primera deflagración siempre temía ver la explosión de su mezcla…
»Pues bien: ¡yo siempre temo que estalle Gabriel!…
»Un suero radiactivo le ha convertido en algo cuyas consecuencias no has medido en todo su alcance…
»¡Ello aparte de que en la caja de los sesos has puesto el cerebro del hombre de Corbilléres!… Tú has desencadenado la tempestad de sangre que me arrastra y que hará de mí algo parecido a la pobre Annie».
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«Sale… Va en busca de mi alimento… Está triste porque no como, porque como tan poco… A veces, por el intersticio de las persianas, le veo salir de casa, lo que ocurre generalmente de cinco a seis, cuando ya es de noche… Sin duda va por provisiones… Yo espero diez minutos y me pongo a gritar como una loca, con la esperanza de que me oigan…
»Pero ¿quién va a oírme?
»Cuando anochece, nadie se atreve a pasar cerca de aquí. ¡Qué bien nos aísla el miedo ajeno!…»
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