La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Sacar otra vez el cadáver era un peligro todavÃa mayor. ¿No resultaba preferible hacerlo desaparecer allà dentro?… Pero ¿cómo?… ¿Enterrándolo en el patio?… Luego de la nueva desaparición podrÃa temerse un registro que lo pusiera al descubierto… Y asà llegó a concebir la idea del descuartizamiento del cuerpo, cuyos trozos quemarla en la cocina… Bajó el cadáver a la bodega mientras el hornillo se enardecÃa arriba, y comenzó la horrible tarea, que ya acababa cuando yo llegué a la puerta… Lo demás ya lo sabes, Jaime. ¡Benito Masson es un mártir!
—Y Gabriel, un ángel —dijo Jaime con una amarga sonrisa, que fue cortada por un estornudo tan resonante como ridÃculo.
—Sé razonable, Jaime… Déjame que te cuide. Estás tiritando…
—Pues ponme un gorro de algodón —insinuó Jaime con una risa maligna.
Cristina, harta ya, exclamó:
—Pero, Jaime, ¿qué te pasa?… Estás desconocido… Aún no me has dirigido una palabra cariñosa… Ni tan siquiera me has dado noticias de mi padre… ¡Te figuras que yo no he pasado también horas dolorosas!…