La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Apresurémonos a decir que el acontecimiento en cuestión era un rapto; pero ¡qué rapto!…
He aquà las palabras de la señora Langlois:
—Voy a contárselo todo, señor comisario… Nunca conviene desear cosas que parecen imposibles, porque a lo mejor se cumplen con gran disgusto nuestro… Apenas la señorita Barescat, que nos habÃa invitado a su manzanilla, acababa de expresar sus deseos de ver de cerca a Gabriel, cuando he aquà que Gabriel entra, como un demonio de la tempestad, completamente cubierto de sangre y llevando a la señorita Norbert, la hija del relojero, desmayada en sus brazos, como si fuera una pluma. También a ella le manaba sangre de la cara… Como usted puede figurarse, todos lanzamos un grito de horror… Yo exclamé:
—¡Es Gabriel!…
Ante una entrada semejante, quedamos como estatuas del terror… Además, aquel hombre nos amenazaba con su revólver… La primera vez que vi a aquel hombre en casa del relojero, me habÃa parecido guapo; pero entonces no le vi más que unos ojos espantosos, unos ojos de asesino… Cuando me miraba, me figuraba que estaba asesinándome… Tengo confianza en la justicia de mi patria y espero que usted me protegerá… Pero ¿qué estoy diciendo?… No lo sé… ¡Ahora, ya está dicho!…