La maquina de asesinar

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Si no estaban contentos en la plaza Beauvau ni en el Quai d’Orsay, ¿qué diremos de lo que ocurría en la plaza Vendóme, en el Ministerio de Justicia y en el bulevar del Palais? Hacía mucho tiempo que el señor Gassier, ex sustituto del procurador de la República, y luego abogado general en los tribunales de París, había descargado todo el asunto del muñeco sobre Bessiéres. A éste no se le había dado a entender así. Tanto peor para el jefe de la Seguridad General, que había sido bastante torpe para ordenar una seria información en todas sus partes sobro un suceso tan inverosímil. No negaba Gassier que le hubiera enviado a Lavieuville; pero le había transmitido al inocente mayordomo para librarse de un maniático. ¡Y Bessiéres lo había tomado en serio! También había tomado en serio a la señorita Barescat y al señor Birouste…

La evolución de Gassier se había hecho en condiciones que tal voz no sea inútil precisar, porque nos hacen ver, en un aspecto nuevo y, sin embargo inquietante, la cuestión judicial planteada por la aventura del autómata.

Como ciertos diarios declarasen la necesidad de juzgar nuevamente a Benito Masson con arreglo a un procedimiento que, desde luego, no había sido previsto por ninguna ley ni por ninguna jurisprudencia. Lo Gaceta Judicial protestó al punto y violentamente contra semejante pretensión.


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