La maquina de asesinar

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A propuesta del decano se declaró terminada la discusión y se pasó a votar.

El presidente Tirardel se levantó y dio cuenta, con estas palabras históricas, del resultado de la votación:

—Por mayoría de votos se acuerda que no puede existir el muñeco sanguinario.

Y, en verdad, tan aplastante era la mayoría, que el presidente no había tenido paciencia para esperar que terminase el recuento.

Por fin había vencido la razón humana, tal como la entienden ciertos sabios de fines del pasado siglo.

En aquel momento, cuando felicitaban al presidente Tirardel, un ujier le entregó un escrito de la presidencia del Consejo.

Tirardel reconoció la letra del ministro y se apresuró a romper el sobre.

Inmediatamente lanzó un grito lamentable, algo así como el gemido de un animal que de repente se nota herido de muerte.

Sin embargo, quiso adoptar un hermoso final. Aún tuvo fuerzas para levantarse.

El noble anciano se irguió, pues, como un espectro sobre la multitud de sus colegas.

—Señores. Acabo de recibir —dijo— la noticia de que la Seguridad General ha detenido, por fin, al muñeco sanguinario.


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