La maquina de asesinar

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El director se levantó como galvanizado, exclamando:

—¡;Lebouc! ¡Si usted hubiera hecho eso!…

—¿Qué?

—Tendríamos una posición verdaderamente fuerte.

—Pues puede usted tener la satisfacción de que está ahí…

—¿Dónde?

—En la calle de las Saucedas, en un auto, vigilado por media docena de agentes…

—Tráigalo.

—Voy a traerlo.

Lebouc se ausentó unos momentos para dar órdenes. Bessiéres se encontraba en una febril agitación… El muñeco era la salvación; con el muñeco era dueño de todo el mundo y podía con todos, de quienes le querían y de quienes no le querían… ¡Dueño de la situación!… La verdad era que Leboue resultaba un hombre útil…

Lebouc volvió, diciendo:

—Ya lo suben… ¿Ha telefoneado usted al ministro?

—¡No!… Comprenderá usted que primero quiero verlo… Pero ¿cómo lo ha detenido?… Dicen que es algo terrible…


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