La maquina de asesinar

La maquina de asesinar

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—¡Yo, señor comisario, tan sólo pensó en salvar la vida de esas tres pobres mujeres!… Gracias a mi sangre fría y a mi presencia de espíritu, no quiero hablar de mi valor, pude evitar que ese miserable sólo dejara cadáveres tras él… ¡He cumplido con mi deber!… Lo digo sencillamente, sin orgullo, como cumple a un herborista que vive dedicado al consolador estudio de las plantas y que no tiene nada de héroe melodramático…

Ahora que, gracias a esta visión del estado de ánimo de nuestros personajes, podemos formarnos una idea de la perturbación causada en la «manzanilla» de la señorita Barescat por la fulminante invasión del terrible visitante, vamos a continuar narrando los hechos tal como los reconstituyó después una profunda investigación.

Para la salud moral, ya fuertemente quebrantada, de la señorita Barescat y de sus invitados, fue una suerte que la estancia de Gabriel en la paquetería de la calle del Santísimo Sacramento no se prolongara excesivamente. Gabriel demostraba una brutal ferocidad en todos sus gestos, pero estaba lejos de demostrar tranquilidad. Con frecuencia pegaba el oído a la puerta, para escuchar los ruidos del exterior. Luego volvía a curar a Cristina, la cual continuaba sin dar señales de vida.


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